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Crónica de una crónica

Hace un par de años que me pregunté por qué nunca me había ganado nada en un concurso. Sonará estúpido, pero fue hasta entonces que me di cuenta que muy pocas veces he participado en concursos. En muchos me quedé con las ganas. Justo cuando iba enviar algo, decidía que lo que había hecho no valía la pena. Y no concursaba.

Eso estuvo a punto de sucederme con “Las batallas en Xoco”, crónica con la que gané el segundo lugar en la tercera edición del concurso La crónica como antídoto, convocado por el CCU Tlatelolco.

En un inició pensé la crónica como un cuento. La historia de un vecino de Pilar, que estaba harto con el ruido de los gallos de su papá, me parecía muy entretenida y años atrás hice un borrador que ahí se quedó.

Cuando entré a trabajar en la UNAM, tuve mucho tiempo libre. Decidí aprovecharlo para escribir. Me encontré con la convocatoria del concurso, recordé el cuento y lo retomé para volverlo crónica.

El trabajo que hice en una revista digital me dio experiencia en la narrativa periodística. Escribí el texto pensando que tenía atrás a Marco Antúnez, quien fue mi editor en esos tiempos. Intentaba imaginar todo lo que Marco podría señalarme para mejorar la crónica.

También aproveché lo aprendido en un taller de Raquel Castro sobre creación de personajes. Intenté imaginarme los detalles de cada uno de los actores en Xoco. Con algunos fue sencillo, pues los conocía bien. A otros tuve que imaginarlos según lo que me contaron de ellos.

Aunque mejoró bastante, al final no me gustó lo que tenía escrito. El tiempo límite estaba encima y no sabía cómo mejorar la crónica. Pensé por un momento en no enviarla. Meses después salieron los resultados y me sorprendí al ver que había obtenido el segundo lugar.

La crónica podía ser mejorada, por supuesto. Por algo no ganó el primer lugar. Por algo me sorprendió estar entre los premiados. Menos mal que una de las cláusulas del concurso incluía que se tenía que tallerear. El taller estuvo a cargo de Emiliano Pérez Cruz, quien me dio bastantes sugerencias para mejorarlo.

La crónica ya ha sido publicada en Punto de partida y pueden leerla en este enlace.

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De cómo preferí no conocer a una gran amiga

No conocí a una pequeña muchacha de tez morena y delgada una vez que fui al teatro. Ella traía un vestido blanco y esperaba a alguien con impaciencia. Le pregunté si no le faltaba algún boleto. Mi acompañante no había llegado y me sobraba uno. ¡Qué casualidad! A ella le faltaba un boleto porque su acompañante no llegaba. Me lo compró, tras pensarlo brevemente.

Melville en Mazatlán, obra de teatro biográfica sobre Herman Melville, escrita por Vicente Quirarte.

Melville en Mazatlán, obra de teatro biográfica sobre Herman Melville, escrita por Vicente Quirarte.

Me senté casi en la entrada del segundo nivel del Foro. Un buen lugar: no solo podía ver bien el escenario, sino también al público. La obra empezó. Era un guión de Vicente Quirarte, sobre un joven que acababa de desembarcar tras un viaje en barco ballenero y estaba deseoso de convertirse en escritor. Este joven se encuentra con un viejo cascarrabias que ha dejado de trabajar en la aduana y ahora tendrá mucho tiempo libre. Ellos tienen mucho en común, pero no lo saben.

El viejo escribía poemas en una libreta y esto llama la atención al joven, quien le pregunta insistentemente si era escritor. “Empujo la pluma, pero escribir es mucho más que eso”, le dice el viejo. Casi al final de la obra, el viejo le cuenta al joven sobre su jubilación. El joven se emociona, y le dice “ahora puedes dedicarte solo a escribir”. El viejo le responde, “preferiría no hacerlo”.
Me reí, y se hubiera escuchado mi risa solitaria en el foro ante ese sutil chiste si no fuera por otra risa cómplice presente. Extraña manera de reconocer a los tuyos. Volteé a ver quién había leído también Bartleby, el escribiente y era la misma muchacha morena y delgada a quien le vendí mi boleto sobrante.

En la salida del teatro, la busqué. Iba flanqueada de dos chicos (los retrasados, pensé). No le hablé, solo caminé cerca y escuché su conversación. Les platicaba a sus amigos sobre Bartleby y cómo era una obra fundamental para comprender a Herman Melville y al escritor que renuncia a la escritura.

Pude haberme acercado con cualquier pretexto, ya le había hablado antes. Pero preferí no hacerlo. Una lástima, tal vez pudo ser el inicio de una gran amistad.

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