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Cuando Veracruz era sólo bello

Ha entrado un norte y el viento alborota todo lo que puede: azota la puerta, zarandea las ramas y chifla. Quiere jugar y yo quisiera salir con él, aunque me llene los ojos de tierra.

Sin embargo, todos me recomiendan quedarme en casa, no porque haya mucho viento. Hay mucho miedo. Y les hago caso, no es para menos. Veracruz no es lugar donde crecí, ya no.

A los seis años cruzaba un par de cuadras para ir al parque Zaragoza y jugaba hasta aburrirme, o hasta que dieran las 8 de la noche, mi hora límite. A los ocho años recorría en patines El Coyol, hasta que el sol me extenuaba. Cuando los patines ya no me quedaban, los cambie por recorridos en bicicleta. Entre los 12 y 14 años, caminaba durante la noche por calles sin pavimentar y sin preocuparme.

La noche es agradable. El viento sopla fuerte, pero no tanto como para arruinar una visita al mar. Quiero proponerle a la gente que caminemos por el bule. Es insensato.

“Veracruz es como Tierra Media”, pienso en una fantasía tolkiana. “Ha sido tomado por una horda de orcos, libres para robar, violar y matar, que sirven a malos gobernantes.” Uno se siente como un hobbit incapaz de defenderla.

Escucho las noticias de los periodistas que son amenazados y asesinados, de los jóvenes que son torturados y desaparecidos, de las mujeres que son ultrajadas (y también asesinadas). La justicia parece haber corrido con la misma suerte. Aún nadie sabe de su paradero ni se tienen detalles de la última vez que se le vio.

No se puede pronunciar “Sólo Veracruz es bello”, aquel viejo eslogan del estado, sin sentir que uno es sarcástico. Veracruz aún es bello, pero ya está muy manchado de sangre, mierda y corrupción como para notarlo.

¿Qué puedo hacer yo, que no me encuentro aquí mas que de visita? ¿Llenarlos con las malas noticias que recibo a diario? Estoy al tanto de cada una para verificar que no se trata de un amigo o de un compañero. Como si las noticias que escuchamos ya no fueran suficientes para saber que todo está mal. Lo que necesitamos saber es qué hacer. Y no tengo ni puta idea.

 

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La solidaridad en tiempos de guerra

Un amigo subió el logo de Pepsi como foto de perfil y comentó: “yo también soy solidario con problemas que no entiendo”. Dio en el clavo.

Logo Pepsi en solidaridad con Francia por ataques terroristas.

Uno de los comentarios más sinceros que he encontrado es éste.

¿Alguien entiende algo?

No entendemos qué sucede en el mundo. No entendemos qué pasa en Medio Oriente, no entendemos quiénes son los “buenos”, los “malos” y los “feos” en esta situación. Lo peor: probablemente quienes toman las decisiones importantes, tampoco lo entienden.

Tal vez todo tiene su inicio con la guerra civil en Siria. O tal vez comenzó con el colonialismo europeo en Medio Oriente. O tal vez inició con las cruzadas. Supongamos que inició con la guerra civil en Siria. Por más que intento darme una idea del conflicto, no puedo entenderlo en su totalidad.

Siria, Francia e ISIS

El Estado Islámico fue en un inicio apoyado por países miembros de la OTAN, a quienes no les agradaba el gobierno de Bashar al-Assad. El Estado Islámico se salió de control. Si al menos los países que se solidarizaron hubieran entendido qué ocurría en Siria, quizá no le habrían proporcionado tantos recursos y armas hasta volverlo un monstruo difícil de controlar.

Luego tenemos a Francia, cada vez más musulmana, y la derecha francesa no ha podido dejar de señalarlo para incitar al odio. Los responsables del ataque de Charlie Hebdo eran musulmanes que nacieron y crecieron en Francia llenos de resentimiento.

Quisiera entender el génesis del odio. ¿Alguno lo ha intentado? ¿Qué lleva a estas personas a disparar sobre civiles que no entienden qué tienen que ver en todo este conflicto?

Es tentador pensar que la intervención francesa en Medio Oriente algo ha tenido que ver. Francia ha atacado posiciones de ISIS en Siria recientemente, en una acción que suena a represalia. ¿Cómo lo hizo tan rápido? Fue sencillo, los franceses ya estaban ahí.

La guerra y sus víctimas

En una guerra muere gente inocente. Tal vez es lo único que debemos entender.

Es un monstruo grande y pisa fuerte

toda la pobre inocencia de la gente.

Leon Gieco

Y tal vez lo único que podemos hacer es no quedarnos indiferentes y desear la paz.

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El rostro de los tantos muertos

Cifras de civiles muertos del 2007 al 2014. Afganistán 21 mil. Irak, 81 mil. México, 160 mil. 55% de las muertes, atribuidas a la guerra contra el narcotráficLas cifras ya las han escuchado hasta el cansancio. Tantos periodistas asesinados, tantos personas desaparecidas, tantas mujeres muertas, tantos estudiantes raptados. Siempre un número acompañado de un sustantivo que define a la víctima. A veces sólo definimos su situación actual: son ya tantos muertos.
Y en cada muerto exigimos la justicia como si fuera una carta a Santa Clos. En nuestra boca y en nuestro pecho solo se queda la rabia, la impotencia, la tristeza. En cada muerto esperamos que ahora sí, la situación coyuntural provoque un cambio radical en este Estado. Mientras, nuestro amigos y nuestros compañeros se acumulan solo como una cifra más en las estadísticas.
Hacer otro comunicado de alerta, escribir otra carta de indignación. Todas las situaciones se parecen tanto. ¿Cómo expresar con sinceridad nuestro dolor cuando las palabras se pierden en el ruido mediático?

-Andaba preocupado C por Nadia Vera, la tienes entre tus contactos. ¿Está bien?

-No. Falleció. La mataron. Una joda, pero que el mal pase cerca de uno no lo hace más mal, es así, todos los días, vivir entre miserias y abismos.

Quieren un mensaje de parte de Xalapa en la manifestación en DF. ¿Qué mierda se puede decir? Los improperios justos ya fueron dichos millones de veces y abundar en exageraciones comienza a matar a las palabras mismas.

Solo queda darle rostro a las víctimas. No son solo una cifra más. Fueron personas a quienes les negaron el derecho de ser. Fueron personas con sonrisas, con llantos, con aspiraciones, con deseos de justicia.

Esto decía Rubén Espinosa sobre el periodismo en Veracruz.

Esto decía Rubén Espinosa sobre el periodismo en Veracruz.

Lo peor es que siento que esto no va a cambiar. Antes de venirme acá [al DF] trabajaba para un periódico en Veracruz, ya hace años. Y era como Rubén lo decía. Y en todo este tiempo no ha cambiado, ha empeorado“, me cuenta J.

Yo mismo no sé cómo responder más allá de expresar mi indignación. Me queda claro que Javier Duarte debe ser investigado y juzgado. Su administración se ha caracterizado por la amenaza, desaparición y asesinato de periodistas como política hacia la prensa, y de civiles como política hacia los movimientos sociales. Pero, más allá de los deseos ¿qué tenemos para desatarnos las manos y quitarnos la mordaza?

¿Cómo nos quitamos la mordaza?

¿Cómo nos quitamos la mordaza?

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Contaminación atmosférica: la ciudad está enferma

Tengo problemas respiratorios. Es algo a lo que tanto me acostumbré a vivir desde niño, que me cuesta verlo como un problema. Un amigo me insiste en que vaya a un médico, pues roncar despierto no es nada normal. Soy muy sensible a ciertas condiciones ambientales. La humedad, el humo, el polvo y la contaminación me afectan fácilmente. Puedo notarlo. Amanezco con la boca seca y sospecho que me dan apneas durante la noche.

Estos días he estado mal de las vías respiratorias. La garganta la tengo un poco irritada y las fosas nasales están tapadas la mayor parte del tiempo. Lo atribuí a la humedad, pues fue una primavera magnífica. En cuanto llegó el estío, y con él las lluvias torrenciales  y las noches frías, mi respiración tranquila se volvió a arruinar. Sin embargo, también hay otro factor al cual atribuirle este regreso de mi crónico cuadro respiratorio: la contaminación ambiental.

Hace un tiempo empecé a seguir en Twitter a Calidad del Aire DF, una cuenta del Sistema de Monitoreo Atmosférico. Es una forma de mantenerme preocupado por problemas cuya solución no está en mi poder resolver y que me afectan directamente. También es una forma de alimentar mi odio hacia los escapes que me escupen su hollín cada día cuando pedaleo, y para darme cuenta que el control de la calidad del aire no es realmente una prioridad para el gobierno de esta ciudad. Gracias a esta cuenta, le he achacado también mi cansancio y mis problemas para respirar a la mala calidad de aire de la ciudad de México.

Un tuit de Calidad Del Aire DF

Un tuit de Calidad Del Aire DF

Los capitalinos están acostumbrados a respirar todos los días aire cuya calidad va de regular a mala. Están acostumbrados a ver árboles enfermos y a tener gargantas secas e irritadas. Están tan  acostumbrados a todo eso, que ni les parece una exigencia que deban hacerle al gobierno del Distrito Federal.

Existen, sin embargo, algunas iniciativas para preocupar a la gente sobre estos problemas y que insisten en la urgencia de mejorar espacios para ciclistas, transporte público y mejorar las normas de calidad del aire, como Hazla de Tos.

La mala calidad del aire que respiramos es un problema realmente serio y debería ser un asunto prioritario a resolver. No puede ser que vivamos en una ciudad donde haya gente que arriesgue su salud solo por hacer actividades al aire libre y nos quedemos completamente pasivos mientras se construyen obras  pensadas para mejorar la vida de los politiquillos que tuvieron la suerte decidir la “planificación urbana” un trienio. Respirar bien no tiene por qué ser un lujo.

En verdad hacen falta medidas más decididas para limitar el tránsito vehicular, las megaconstrucciones y mejorar los espacios de circulación tanto para peatones como para ciclistas. Avenidas como Insurgentes ya son imposibles de transitar hasta para transeúntes, como Juan Villoro lo comenta en su columna, añorando los tiempos en que se caminaba aún por gusto.

¿Se han sentido con la garganta irritada o con mucha gripa últimamente? Tal vez no solo sea un virus de temporada. La ciudad está enferma.

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Suicidio y depresión: algo más que un problema de estudio en la ENAH

En Boletín ENAH, Junio 2015

Controversial pintura de una mujer a punto de cometer suicidio, por Rosie Taylor

Controversial pintura de una mujer a punto de cometer suicidio, por Rosie Taylor

Hace un año me enteré que una estudiante de lingüística, que ahora estaría en sexto semestre,  se suicidó. Aunque no la conocía, la noticia me afectó de manera particular y me hizo reflexionar sobre el suicidio y la depresión en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Ya sea de manera directa o indirecta, conozco varios casos de compañeros que tienen pensamientos suicidas o una evidente depresión. Como estudiantes de ciencias sociales, no es un asunto que nos debiera ser ajenos.

La primer obra que a muchos les vendrá a la mente cuando se menciona el tema del suicidio en las ciencias sociales es el monumental volumen que escribió Émile Durkheim, titulado de una forma llana y descriptiva: El Suicido. Sin embargo, probablemente el primero que plantea el suicidio como tema de estudio el empirista inglés Francis Bacon, quien escribió a finales del siglo XVIII un ensayo donde critica las creencias supersticiosas entorno al acto suicida, las cuáles tenían una repercusión en las leyes inglesas —incautación de los bienes del suicida por parte del Estado—, sumadas a la profanación del cuerpo inerte de quien se provocó su infortunio por parte de sus horrorizados coetáneos.

Ya sea a Durkheim o a Bacon a quien le atribuyamos la inauguración del estudio del suicidio —que incluso goza de su independencia como disciplina en la suicidiología —, reconoceremos que en las ciencias sociales y humanas el tema tiene una larga tradición y bibilografía. La atención que se le ha dado como problema social es llamativa. Se trata de un acto producto de una decisión individual y que, por lo general, sólo se puede llevar acabo una vez en la vida, pero susceptible a ser visto en su complejidad social.

Sabemos que existen diversas formas de morir. Sabemos que la muerte es inevitable y nos ocurrirá en algún momento. Sin embargo, la muerte del suicida es incapaz de dejarnos indiferentes por buscar lo que la mayoría intenta postergar.  La atención que nos provoca un individuo que decide terminar con su vida reafirma la naturaleza social de nuestra especie. El suicida repercute con su acto sobre su comunidad y deja varias preguntas en el aire: ¿Por qué lo hizo? Sus motivos ¿eran válidos ¿Podíamos hacer algo, como colectividad, para evitarlo? ¿Por qué nosotros mismos no cometemos suicidio?

El suicida, reducido a una cifra y visto en la frialdad de la estadística, nos muestra comportamientos distintos en el espacio y en el tiempo que a veces chocan con ideas preconcebidas. Por ejemplo, suele creerse que en las comunidades rurales e indígenas las enfermedades mentales son menos comunes al encontrase alejadas del estrés de la “civilización” y por tener un sentido comunitario fuerte. Sin embargo, para mediados del siglo XX, los indigenistas norteamericanos denunciaban que en las Reservas Indias las tasas de suicidio eran mayores que la tasa media de toda la población norteamericana. Groenlandia tienen actualmente la mayor tasa de suicidio a nivel mundial, siendo la población inuit la más representada en esas estadísticas.

Cuadros similares a la depresión y otras enfermedades mentales podemos encontrarlos en el “susto”, explicado como “la pérdida del alma”. De esta forma, nos damos cuenta que no se trata de una “enfermedad cultural” (folk illness) como ha sido entendido, sino de un padecimiento humano real que es interpretado de distintas formas en distintas culturas, incluyendo en la que nos encontramos adscritos.

La etiología del suicidio ha sido tan estudiada como el suicidio mismo. Se reconoce que existen factores bioquímicos que se traduce en un estado anímico conocido como “depresión” que puede, a la larga, conducir al suicidio. Sin embargo, no todos los individuos deprimidos se suicidan. También existen factores sociales que vuelven más probable que un individuo opte por quitarse la vida.

La depresión es reconocida actualmente como uno de los más grandes problemas de salud. Una depresión, en el sentido clínico, no es solo sentirse triste. Se trata de una tristeza incapacitante donde las actividades más cotidianas —como comer, bañarse, vestirse— se vuelven pesadas y molestas. No es una tristeza  que dura un momento, es una tristeza que puede prolongarse meses —e incluso años. Esta situación puede hacer creer al individuo que ésta es su personalidad y que la depresión es parte de él. El riesgo más grave que lleva consigo una depresión es la idea de buscar la muerte.

No todo acto suicida es consecuencia de una depresión, pero un porcentaje significativo lo es. Hecho triste, por ser un problema tratable. Además de la medicación psiquiátrica, existen una gran cantidad de terapias alternativas. Cabe reconocer que ninguno de los tratamientos es completamente efectivo y no siempre son accesibles para todos.

Sorprende que en la ENAH, siendo una de las Escuelas de más amplia tradición en ciencias sociales y humanas no solo en el país, sino a nivel mundial, a penas conozca —y aun menos discuta —los problemas que se viven dentro de ella como comunidad. La incidencia de enfermedades mentales en su población no ha sido un motivo de preocupación. Pocos saben que existe un área de Atención Psicológica  gratuita en la escuela, y aún así, esta no se da abasto. El personal del área notó que las personas que requerían de atención psicológica más urgente eran los estudiantes migrantes, de quienes se calcula que representan aproximadamente el 50% de la población.

La ENAH no cuenta con cifras exactas, pero al menos tenemos información suficiente para suponer que 1) En la Escuela existe una población sensible a desarrollar problemas de depresión u otros problemas psicológicos, y   2) La Escuela no tiene capacidad suficiente para atenderlos a todos. No debiera ser una preocupación trivial si consideramos que la incidencia de suicidio en la población alrededor de 15 a 30 años ha aumentado en los últimos quince años en México, que es el rango de edad en el que se encuentra la mayor parte de los estudiantes de la ENAH.

¿Es responsabilidad de los funcionarios de la ENAH buscar una solución? Si consideramos que el estudio de los factores sociales que influyen en la incidencia del suicidio es una de las líneas de investigación más trabajadas en las ciencias sociales y humanas, ignorar el problema es negligente.

Pero la responsabilidad no solo recae en los encargados de las distintas áreas administrativas de la Escuela, sino en la misma comunidad. Es vergonzoso pensar que la gente que se prepara para comprender distintos problemas sociales y culturales de México, es incapaz de comprender los problemas que viven sus propios compañeros. Mientras la Escuela despliega muestras de solidaridad con los oprimidos del mundo, compañeros nuestros se sienten abandonados a su propia suerte, sintiendo que no hay con quien puedan entenderse.

Por último, la responsabilidad también recae en nosotros, quienes sufrimos de depresión y hemos pensado —algunos incluso ya hemos intentado— suicidarnos. No hablar sobre estos sentimientos no solo nos afecta a nosotros, sino también a otros, quienes padecen la misma situación. Solemos creer que nuestro problema es único y no hay nadie quien pueda entenderlo. Así, creamos una barrera silenciosa e infranqueable entre nuestros semejantes e impedimos la posibilidad de podernos ayudar mutuamente. La depresión crece mientras se calla y se niega.

Por este motivo, me parece importante hacer un llamado a la comunidad para hacer conciencia sobre la existencia y magnitud del problema, primer paso necesario para buscar soluciones.

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La contemplación: virtud perdida

Hoy vi cómo una persona scroleaba desde su celular en Instagram y daba like a toda las imágenes que aparecían en frente de él. Era un proceso muy rápido. No se detenía más de tres segundos en cada imagen, apretaba dos veces su pantalla, un tenue corazón aparecía ante él, se desvanecía en milésimas de segundo y él deslizaba su dedo para pasar a la siguiente imagen. Si no fuera porque likeaba todas las imágenes que se le presentaban, no me hubiera llamado la atención. Hasta ahora, suponía que sólo nos deteníamos a observar lo que nos interesaba, pero este sujeto no se detenía ante ninguna imagen.

La contemplación nos permite apreciar detalles imperceptibles con una observación superficial.

La contemplación nos permite apreciar detalles imperceptibles con una observación superficial.

Ante su forma de observar, recordé este texto de El País, que no habla sobre la apreciación pictórica, sino sobre nuestros hábitos de lectura. El texto plantea que cada vez nos hemos vuelto más multitasking y, aunque hoy en día se lee más que nunca, nuestra lectura es más superficial por llevarla acabo junto con otras actividades. Sus conclusiones pueden extrapolarse hacia nuestros hábitos contemplativos.

Ya antes la televisión le daba de estocadas a nuestra capacidad de contemplación. Observen algún video o película comercial y cuenten cuántos segundos permanece la cámara mostrando el mismos cuadro. Si dura 5 segundos, fue una toma larga. En un programa de televisión, nuestra atención era interrumpida cada cinco o tres segundos.* Sin embargo, ahora podemos distraernos de lo que hacemos en menos tiempo.

Dejo a un lado las implicaciones cognoscitivas que tienen estos cambios de hábitos en el aprendizaje o en el trabajo. Lamento, antes que nada, la pérdida de nuestra capacidad de contemplar. Los análisis que hacía Barthes sobre el punctum de una foto, es decir, aquello que nos atrapa más  que nada en una composición fotográfica, parecen ahora ser ociosos, pues nadie se detiene a observar una imagen. La ven y pasan a la siguiente.

Esta poca capacidad para contemplar se refleja en las malas fotografías que la gente comparte. Bajo la falsa premisa “lo que importa es el contenido”, compartimos lo que hacemos con una foto tomada a toda prisa, sin que nos detengamos en algún momento a contemplar la escena que tenemos ante nosotros. De esta manera, aunque guardamos registro de nuestras actividades, nunca pusimos atención a lo que teníamos a nuestro alrededor.

En un cuento de Paul Auster, (El cuento de navidad de Auggie Wren) un joven fotógrafo aficionado le muestra su álbum que representaba su “gran proyecto artístico”. Paul Auster solo ve la misma esquina reproducida una y otra vez en todo el álbum y va pasando con rapidez las páginas hasta que el joven le recrimina y le dice que “así nunca va a entender”.  Cuando se da la oportunidad de contemplar, se da cuenta de los cambios estacionales, de las diferentes personas que atraviesan la esquina, comienza a reconocer rostros y a percibir las sutiles transformaciones del entorno. Es la misma esquina fotografiada cada día, durante varios años, a la misma hora y aún así ofrece una gran variedad de detalles para quien esté dispuesto a detenerse a verlos.

El cuento retrata bien los goces que puede darnos la contemplación. Con la contemplación, el tedio de la rutina nos huye, pues podemos sorprendernos ante lo familiar. La tecnología nos quita un poco aquellos goces, pero podemos hacernos de algunos hábitos para entrenar la contemplación. Yo, en particular, prefiero dos de estos: el dibujo y la fotografía.

Ya no dibujo tan seguido como antes y, como era de esperarse, dibujo peor que antes. Noto que no tengo la paciencia que tenía en mis primeras clases de dibujo y pintura para observar lo que tengo ante mí. Aún así, intento de vez en cuando practicar un poco.

La fotografía digital es una técnica menos efectiva para practicar la virtud de la contemplación. Sin embargo, si nos esforzamos en tomar una buena foto, nos ayuda. Intento tomar buenas fotos y no compartir malas fotografías. La red ya está llena de imágenes desagradables,  no quiero contribuir a ese ruido visual. Intento encontrar una forma de observar mi entorno a través de una cámara que descubra un ángulo o un detalle no explorado por los ojos de otras personas, ángulos y detalles solo asequibles a través de la contemplación paciente.

* Hablo en pasado de la televisión porque no la veo porque no tengo una y me parece tecnología extinta.

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Por mi derecho a olvidar mis cosas en casa

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En la ENAH ahora pedirán credencial en la entrada.

Olvido todo a cada rato en casa. Mi dinero, mis llaves, mis documentos, mi casco de la bici, mi taza de café. Hoy tenía a la mano una forma que debía llenar y escanear y cuando la busqué, me di cuenta que la había dejado en casa. No sucede lo mismo siempre, simplemente sucede distinto. Es estresante cada vez que debo salir de casa porque reviso una y otra vez qué no debo olvidar. Y aún así algo se me olvida.

Ahora que pedirán en la entrada de la ENAH presentar una credencial, habrá muchos que saltarán señalando que es una medida represiva, fascista, que coarta la libertad. En parte hay razón. Aunque se discutió abiertamente en el Consejo Técnico la medida, la discusión se quedó en el Consejo Técnico. Las razones para la credencialización no son tampoco convincentes: evitar la entrada a personas ajenas a la institución que la usan como un antro barato para tomar y drogarse. El argumento no dista mucho de quienes señalan a los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos como los causantes de la violencia y el tráfico de drogas. Los administrativos de la ENAH son decepcionantes como científicos sociales. Tal vez por eso hacen labores administrativas en lugar de dedicarse a la investigación ¿se conocen bien los motivos de por qué la gente utiliza la ENAH como un bar barato que no cobra cover? ¿Quiénes son las personas que la utilizan de esta manera?0 ¡Qué flojera hacer una encuesta y observación directa dentro de tu propia institución! Mejor usemos el sentido común y a ver si así se arregla el problema.

El próximo jueves, al entrar, me pedirán la credencial. El acto en sí me parece ofensivo, como también me parece cada que voy al Colegio de México.  Y yo me veré en una disyuntiva. Si acepto eso como regla del juego, deberé estresarme cada que voy a la ENAH porque no encuentro la cartera con mis credenciales. O puedo hacer un pancho, infantil e inmaduro quizá, pero que podría funcionar para no tener que preocuparme posteriormente por no llevar mis credenciales. No quiero vivir preocupado porque volví a olvidar la credencial en mi casa. Me parecen que hay cosas más importantes en las que preocuparse que revisar tres o cuatro veces si llevo mi cartera.

Pero lo actos individuales aislados tienen poco impacto. Si debo o no preocuparme por llevar la credencial dependerá si, a partir del lunes, una masa iracunda de estudiantes que quieren conservar su derecho a olvidar sus cosas en casa se niegan a aceptar las nuevas reglas del juego.

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Cuando Veracruz fue 132

Una amiga socióloga me ha preguntado cuál creo que fue la mayor aportación del movimiento 132 en Veracruz y ha comentado que “Veracruz fue un caso especial”. No sé si Veracruz fue un caso especial, pero fue un caso distinto porque lo conformaron personas distintas en un contexto distinto a otros lugares del país. Tampoco creo tener la capacidad para realizar un análisis amplio que haga justicia a lo que fue el movimiento. Por eso retomaré algunos comentarios de quienes participaron en su momento para apoyarme.

Sobre los inicios del movimiento, no puedo decir mucho. Yo no me encontraba en Veracruz. Observaba cómo transcurrían las elecciones mientras me llenaba de indignación que nadie despeinara el copete de Peña en la punta de las preferencias electorales. ¿A caso pocos se acuerdan de Atenco?, me preguntaba, mientras me acordaba de Alexis Benhumea quien murió por ser golpeado por un proyectil de gas lacrimógeno en la cara durante el brutal operativo ordenado por el entonces gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, como sucedió con Kuykendall después, cuando tomó la presidencia. La chispa que encendió todos esos resentimientos contenidos provino de donde menos nos imaginábamos muchos: de una escuela privada, estereotipo de la fresez, de la Universidad Iberoamericana.

De cómo inició todo en Veracruz, me comentaba N. en un audio:

#YoSoy132 Veracruz lo conformaban, en un inicio, un montón de desconocidos que atendían a las convocatorias en Redes Sociales, iniciativa de estudiantes de la Facultad de Comunicación de la Universidad Veracruzana (UV). […] La mayoría de quienes tomaban las decisiones eran estudiantes de la UV, aunque también había gente de la Villa Rica, del Colón, del Tecnológico, de la Universidad del Golfo, de la UNIMEX. Era gente muy diferente, unida para manifestarse en contra de la posible gestión del gobierno priísta. Había personas con distintas ideologías, e incluso quienes se declaraban afines a partidos políticos contrarios al PRI.

En frente del IFE

En frente del IFE.

Esta heterogeneidad la pude notar cuando los conocí en el campamento que se instaló en frente de un módulo del Instituto Federal Electoral (IFE). Me parece que era parte de su fortaleza. La colaboración entre estudiantes de Ingeniería en Sistemas, de Derecho, de Comunicación, de Relaciones Internacionales, de Medicina etcétera, le daba al grupo una amplia visión que contrastaba con la inexperiencia de todos como individuos. Para la gran mayoría, era la primera vez que se organizaban para protestar, que discutían en asambleas los cómo, cuándo y dónde. Y eran todo, menos ninis. Algunos, eran todo lo contrario. Muchos de ellos tenían que arreglárselas para trabajar y estudiar al mismo tiempo.

Regresando a la pregunta de mi amiga, qué aportó el movimiento a las elecciones de 2012, no puedo decir mucho. Las elecciones no me importaban tanto como esa organización que se había dado con espontaneidad y podía consolidarse a largo plazo. La prueba de fuego era después de las elecciones, después de la imposición tan anunciada por las televisoras. Sobre la aportación del movimiento para las elecciones, quizá puedan decir más cosas personas como Kjalil, a quien cito:

  • Al salir a las calles y llevar información a las mismas se logro que muchas personas se informaran y pensaran un poco más su voto.
  • Se lograron muchos espacios abiertos al dialogo entre universitarios y ciudadanos en general.
  • Cada una de las marchas realizadas en Veracruz, jamas terminaron en problemas mayores, se dio buen ejemplo de libre expresión y el derecho a manifestarse.
  • Se promovió mediante este movimiento el arte, la música y expresiones escénicas que muy difícilmente veías en la calle; se incentivo la participación de jóvenes artistas en apoyo al movimiento.
  • Presencia y espacio en los medios, no solo como una noticia incómoda sino como una noticia realmente informativa.
  • Se mantuvo vigilancia en los principales puntos de recepción de votos para evitar atracos, embarazos de urnas, entre otras situaciones.

La aportación no es baladí. Elecciones anteriores en Veracruz habían sido tristes recolectas de casos de acciones turbias que daban el triunfo al PRI. En esa ocasión, casi todas las casillas del puerto de Veracruz dejaron al PRI en tercer puesto.

Pero la aportación que me parece más importante es que enseñó a la gente a organizarse. Mantener un campamento durante en el zócalo por más de un mes y lograr mantenerse ahí a pesar de las múltiples amenazas de desalojo no se logra sin cierta organización. Tomar las instalaciones de un Palacio Municipal, aunque sea el balcón, y plantarse casi dos semanas, tampoco se logra sin un mínimo de organización, por muy espontáneo que haya sido el acto en ese momento. Esa eran las acciones más visibles, pero se tenían otros proyectos que se lograron mantener durante un tiempo, mientras la organización y el compromiso se existieron, como un sitio web que alojo no solo a la Asamblea de #YoSoy132 del Puerto de Veracruz, sino a las asambleas de Coatzacoalcos, Xalapa, Poza Rica y Altas Montañas (que era una conglomeración de Orizaba, Córdoba, Fortín y otros municipios aledaños) y fue una plataforma para difundir información que no salía fácilmente en otros medios.

Tal vez a eso se refiere mi amiga socióloga cuando dice que “Veracruz fue un caso especial”. Las discusiones rara vez eran en las instalaciones universitarias. Se salía a las calles y se tenía contacto directo con la gente. Se abría el diálogo, el debate en la plaza, como se hacía en la política de muy antaño.

Eso que sucedió en Veracruz, que era insólito desde los tiempos de Herón Proal y el movimiento de los inquilinos a inicios del siglo XX, ya no es tan atípico. La gente sale a la calle con más frecuencia para protestar contra los gobiernos saqueadores y negligentes. Es un avance, si consideramos que hace unos años nadie salía a la calle por miedo a la delincuencia organizada que usaba la ciudad como campo de gotcha. Falta aún una organización constante y militante para crear alternativas a los malos gobiernos e iniciar proyectos autónomos con resultados palpables, para que la violencia y las marrullerías no sean cosa de todos los días.

Ayer, 10 de mayo, la gente protestó en el puerto de Veracruz en solidaridad a la familia de Columba Campillo, estudiante de 16 años de un colegio privado quien fue encontrada muerta, mientras que una estudiante de la Facultad de Administración, Melissa Espinoza, se encuentra desaparecida. Ya nadie se cree la cantinela de los “casos aislados” o el “por algo les habrá pasado”. Los muertos y desaparecidos se acumulan sobre los papeles de la burocracia que se ve rebasada para investigar e impartir justicia, cuando no se ve cómplice. No sé si este valor para organizarse y salir a protestar tiene su antecedente en el 132, o simplemente es la consecuencia lógica de la rabia y la impotencia.

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Los Fractales de la Resistencia

No creo en que un cambio real vendrá de la toma del poder, ya sea por vía electoral o por la lucha armada. Sin embargo, entiendo por qué algunas personas aún fantasean con esa posibilidad y respeto su opinión, pues quizá -la duda metódica es para mí casi una obligación moral- soy yo el que está equivocado.

Formas cercanas a los fractales se encuentran en la naturalez.

Formas cercanas a los fractales se encuentran en la naturaleza.

De cualquier forma, es para mí un hecho -del que apenas puedo dudar- que las personas, cuando se organizan y se comprometen a una causa común, logran cambios reales en su entorno. De esto tenemos muchos ejemplos pequeños. Fantaseo que estos pequeños ejemplos se reproduzcan como fractales llevando cambios mayores en las formas de hacer política y en las formas de relacionarnos con los demás.

Como es la moda por ser temporada de elecciones discutir si es importante votar o no votar para cambiar el rumbo que ha tomado el país (un rumbo bastante sombrío y sanguinolento), quisiera decir que ese no es el quid del asunto. Yo concuerdo con el EZLN, que votar o no votar no es lo importante, como lo expresa  en un comunicado reciente : “Como zapatistas que somos no llamamos a no votar ni tampoco a votar. Como zapatistas que somos lo que hacemos, cada que se puede, es decirle a la gente que se organice para resistir, para luchar, para tener lo que se necesita”.

Durante las discusiones en La Otra Campaña del 2006, hubo adherentes de La Otra tan opuestos al voto que sugirieron “revisar los pulgares en una marcha a realizarse el mismo día de las elecciones para verificar que no habían votado los marchantes”. Pude darme cuenta en ese entonces que el autoritarismo no es exclusivo de la derecha. El autoritarismo se reproduce desde el salón de clase hasta en los más altos mandos. Una asamblea libertaria puede volverse justo su contrario si se permite que un grupo imponga su punto de vista y su forma de actuar sobre el de los demás. Que adherentes de La Otra Campaña adoptaran dichas actitudes no significa que reflejen el sentir de la Sexta.

Hay razones para defender el derecho al voto y razones para cuestionar su eficacia en las condiciones políticas actuales. También hay razones para dudar que un grupo  de oposición vaya actuar distinto a sus predecesores. Pero un grupo que se organiza para resolver un problema inmediato de su comunidad sí puede cambiar a su comunidad.

El mundo está más interconectado que nunca y muchos de los problemas son globales ¿cómo resolver problemas globales con resistencias locales? Solo puedo imaginar esto como posible por la capacidad que tiene el humano de solidarizarse con sus semejantes y que los fractales son formas comunes en la naturaleza a pesar de su complejidad, Solo es cosa de reproducir la resistencia.

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La realidad que ofende

Mi conexión a Internet es mala y no tengo televisión. De la espectacular entrega de los Óscares no supe mas que por Twitter, la T.V. del hombre posmoderno. Este medio tiene la ventaja de resumir en tiempo casi real lo más relevante de un evento.

Poco podía comentar sobre la entrega de los premios de la Academia. Me pude dar cuenta de que no he visto ninguna de las películas nominadas y que el año pasado me dediqué a ver solo películas clásicas disponibles en línea. Mi seguimiento del evento por Twitter carecía de muchos referentes. En específico, no podía entender por qué varios se sentían ofendidos por un comentario de Sean Penn. Pasó un rato para que encontrará un extracto del momento en que el actor, al anunciar el tercer premio de Alejandro González Iñárritu, espetara en evidente tono de sorna: “¿quién le dio la green card -documento necesario para trabajar en Estados Unidos como migrante -a este hijo de perra?”

¿Fue un comentario ofensivo hacia González Iñárritu, o insensible hacia una comunidad que ha sido estigmatizada y perseguida? Además, se inserta en el contexto de la decisión reciente de un juez texano que declara ilegal la medida de Barack Obama para normalizar la situación laboral de muchos migrantes en Estados Unidos.

En contraste con el comentario de Sean Penn, quien actuó bajo la dirección de González Iñárritu en 21 gramos, el galardonado aprovechó el podio para hacer una tibia referencia a la situación de los migrantes en Estados Unidos. No se sintió ofendido por su comentario.

Quiénes sí se ofendieron tienen buenas razones. Pero no por el chistorete de Sean Penn, sino por la realidad que le permite existir. Los norteamericanos se sienten amenazados por los migrantes, que “les quitan su trabajo” ; y
ahora, los premios por su trabajo. Ni Lubezki, ni González Iñárritu hubieran sido premiados si no hubieran obtenido su green card.

En términos generales, la situación de Lubezki y González Iñárritu no es muy distinta a la de un jornalero. A falta de oportunidades laborales, van a buscar la suerte en el gabacho para sus proyectos cinematográficos.

El éxito que han tenido Alfonso Cuarón, González Iñárritu y Emmanuel Lubezki alientan a seguir sus pasos, como lo hace el paisano que regresa en su troca al pueblo de donde salió para financiar la fiesta, prueba de su éxito. Las historias de fracaso no son tan difundidas, al menos que alguien la adopte como tema para una película que seguramente tendrá poco éxito, porque no nos gusta que nos recuerden la realidad  -como lo hizo Sean Penn con su chiste -porque es una realidad que ofende.

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