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La Rana

I

Yo tenía amarrada a mi hermana con un mecate en el patio de la privada. La arrastraba, mientras ella luchaba por escapar. Habrá tenido cuatro años, yo seis. Cuando Lulú, una vecina que nos solía cuidar, nos vio, salió y me regañó.

¡Juan Paulo! ¿Por qué tratas así a tu hermana? ¿No ves que es una dama?

No tuve tiempo de pensar en mi defensa cuando mi hermana, indignada, le contesta:

No soy una dama, soy una vaquera.

II

Mi hermana se llama Ana. Le apodamos “Rana” por sus ojos grandes. Cuando la recuerdo de niña, me la imagino chimuela, con pantalones de mezclilla rotos, camisa desacomodada y el cabello largo y desordenado.

Mi hermana y yo nos peleábamos seguido, ya sea como juego o por broncudos. A ella nunca le importó que fuera  dos años y medio mayor que ella, menos que fuera hombre. Se agarraba a golpes conmigo. Me daba patadas, puñetazos y mordidas y no se rendía hasta que llegaban a separarnos o hasta que empezaba a llorar.

Ya sabía que si lloraba, a mí me iría peor con la chancla o el cinturón. En esos momentos debía hacer las tonterías más graciosas para calmarla y hacerla reír.

¡Mira, Ana! Mi mano me está atacando —por ejemplo. Poco a poco se iba calmando.

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Mi hermana, mi madre y yo.

III

Cuando empecé a leer, quería enseñarle todo lo que aprendía en la escuela a mi hermana. Me enojó que nadie me quisiera enseñar a leer y hacer sumas en preescolar. Yo quería que mi hermana fuera más inteligente que yo, así que, contra su voluntad, la sentaba a hacer sumas y planas.

Dicen algunos que uno también lastima queriendo ayudar. A veces me pregunto si no le genereré a mi hermana alguna aversión a la escuela, haciendo que aprender lo viera como una actividad desagradable.

IV

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La típica imagen del papá ayudando al hijo a pedalear no existió para mi hermana, ni para mí. Si aprendí a andar en bicicleta, fue gracias a mi orgullo y a ella.

Yo tenía una bici azul claro con dos ruedas de apoyo. Ella le quitó a la bici las ruedas de apoyo y a trompicones empezó a andar. La veía como caía al suelo una y otra vez. Me sentí amenazado cuando comencé a ver que mantenía el equilibrio y se movía como ella quería en la bicicleta.

¿Mi hermana menor aprendía a andar en bici antes que yo? Le pedí que me diera la bici y yo me dí mis propios golpes. Rápido la alcancé en destreza.

Por orgullo les diría que aprendí solo a andar en bicicleta. La verdad es que mi hermana fue quien me enseñó.

V

No recuerdo por qué nos peleamos en una ocasión, pero mi madre nos sentó a mi hermana y a mí para hablar de lo que sentíamos. Tampoco recuerdo qué habrá dicho Ana o si habrá dicho algo. Lo único que recuerdo bien es lo que sentía, lo que pensaba y lo que dije en esa ocasión. Sentía mucho enojo. Pensaba cómo lastimarla lo más posible. Le dije:

Te odio.

Mi hermana se soltó a llorar. Mi madre lloró también. Me retiré de la mesa y me fui al cuarto para no mostrar los sentimientos grabados en el rictus. Logré mi cometido. Con dos palabras lastimé más a mi hermana que todos los rasguños o jalones de greña que nos dimos. Me arrepiento de ello.

Después de ese día, mi hermana y yo evitábamos hablarnos. No nos dijimos nada amable en muchos años.

VI

Cuando se habla de los orígenes de la diversidad, un ejemplo que suele salir a tema es el de los hermanos. ¿Cómo dos personas, criadas en el mismo entorno familiar, pueden ser tan distintas? La verdad es que los hermanos rara vez viven situaciones similares.

Me queda claro que mi hermana y yo vivimos cosas muy distintas. Aunque vagamente, recuerdo que mis padres alguna vez estuvieron juntos. Mi hermana, en cambio, no tenía más de seis meses cuando mis padres se divorciaron. A mí me ponían como ejemplo a seguir. A mi hermana le recriminábamos por mentir, por pelear, por desobedecer, por no entender los temas de la clase. Yo decidí salir de la casa de mi madre para irme a estudiar a la ciudad de México cuando tenía quince años. Ella decidió salirse de la casa de mi madre y dejar de estudiar para vivir con su novio cuando tenía trece años.

VII

A los dieciete años, mi hermana tenía la secundaria inconclusa y se ganaba la vida haciendo la limpieza en casas ajenas. A esa edad quedó embarazada. No sé qué habrá pensado ella en todo ese tiempo, pero no se quedó impasible. Acabó la secundaria y al poco tiempo concluyó también la preparatoria. Lo logró un poco con ayuda de la familia, un poco con voluntad.

Mi hermana se fue a vivir a Guadalajara y en los últimos años se ha dedicado a trabajar, a estudiar la universidad y a cuidar a su hijo. Cuando pienso en su vida reciente la recuerdo en la bicicleta, dando trompicones e intentando aprender a mantener el equilibrio sin que nadie la sostenga.

VIII

Ayer mi hermana me intentaba dar ánimos en un mensaje por teléfono. Me preguntó cómo estaba y le dije que me sentía desganado. Ella me escribió:

—No lo estés.

Le contesté agriamente.

Oye, gracias. Ya no lo estoy.

Ya sé que eso no ayuda para sentirse mejor, pero intento echarte ánimos. A mí nadie me echa ánimos y me los tengo que echar yo solita.

Después de su mensaje, pensé en todo el tiempo que la dejamos sola. Recuerdo más veces en que se le regañó y se le dijo todo lo que hacía mal, que felicitaciones por algo que hacía. Quizá se hubiera ahorrado unos cuantos madrazos si alguien la hubiese apoyado.

He escrito esto para ella. Para hacerle saber que, aunque no lo crea, la admiro por saber aguantar los golpes y aprender de ellos. Que estas palabras sirvan para echarle ánimos.

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Por nada suceden las cosas

I

De vez en cuando, se nos cae el mundo. Los planes, los amigos o nuestro cuerpo nos fallan, o todo al mismo tiempo y nada podemos hacer para evitar el desastre. Para consolarnos, no faltará quien nos diga: “Por algo suceden las cosas”.

Esa frase no dice nada se quejaba conmigo Nidia, amiga del Instituto de Biología.

Nidia me platicó sobre un médico, amigo suyo, que había sido aceptado en la especialidad de urgencias. Al poco tiempo de empezar, se enfermó y le dieron varias semanas de incapacidad.

Cuando se recuperó, le dijeron en la especialidad que lo habían dado de baja porque tiene un límite de días de incapacidad.

Su familia lo visitó y lo consolaron con el lugar común.

—Quizá no era para tí. Por algo suceden las cosas.

Esta frase apunta a la causas finales del infortunio. Sugiere que existe un plan divino que se interpone entre nosotros y nuestro deseos para ofrecernos un bien mayor o salvarnos de lo peor. Sin embargo, no hay una teleología en la desgracia. Ésta ocurre todo el tiempo y no necesita justificarse con razones. Lo peor siempre puede suceder. Sucede continuamente.

II

Este mes empezó mal para mí. No ahondaré en detalles, sólo diré que dormí mal y me sentí agobiado. No era la primera vez que estaba en una situación similar, pero sí era la primera después de vivir un par de años de comodidad.

Esta situación me obligó a retomar proyectos abandonados que ahora se ven próximos a realizarse. Aunque los problemas no se han resuelto, comienza todo a tomar buen cauce. Me da tentación pensar que “todo sucedió por algo”. Me mentiría. Las cosas suceden. A veces podemos controlarlas, a veces no.

La buena fortuna tiene un poco de azar, un poco de conquista.

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Palabras que no sirven para bailar

Me pusieron un siete en segundo de primaria por no querer bailar. Me enojé con la maestra y no quise estar en su clase. Los adultos interpretaron mi molestia como “al niño no le gusta el baile”.

—¿No te gusta bailar? Si no te gusta no tienes que tomar la clase.

Yo estaba enojado. Cuando me enojaba, destruía cosas. En esa ocasión destruí mi relación con el baile.

—No, no me gusta bailar.

Y no bailé en público por mucho tiempo.

La verdad es que me gusta bailar desde que tengo memoria. Bailar de todo: desde conciertos para piano de Mozart hasta el rock rupestre, pasando por los bailes de salón.

En la clase de baile de la primaria, me consideraba el mejor bailarin. Nos enseñaban danza folklórica y en la coreografía, era el primero en salir. En algún momento ensayamos en un lugar distinto al habitual y la maestra me corregía seguido los movimientos. Me quejé.

—Aquí no me acomodo para bailar.

Ella contestó con un refrán.

—El que es perico, donde quiera es verde.

Si quieren hacerme enojar, contéstenme con refranes. Me enojé y esa fue mi última clase de baile en primaria.

Nunca le conté la verdad a los adultos. Les parecería mi enojo una ñiñería y me enojaría más por eso. Ellos estaban dispuestos a aceptar mi actitud rebelde si decía que no me gustaba el baile. A los siete años, ya sabía decir cosas que no sentía.

El problema después era ser consecuente. Había dicho que no me gustaba el baile. No podían verme bailar. No bailé en mucho tiempo. Cuando lo volví a intentar, ya era un tronco.

He intentado varias veces tomar clases de baile y no vuelvo a la segunda clase. Me fastidian los instructores. Siempre te dicen palabras que no sirven para bailar.

—Sólo siente la música.

Caray. ¿Creen que no siento la música? Mi problema en el baile no es “no sentir la música”. Mi problema es no poder darle la estructura que ellos quieren al ritmo.

Luego, conocí la danza contemporánea. Me gustó por la libertad que expresa: movimientos largos, a veces lentos, a veces rápidos. Sin embargo, nunca he intentado aprenderla. Cuando estoy solo o con alguien de confianza la imito. Seguramente ninguno de mis movimientos son gráciles,  pero me divierto.

También el punk me atrajo para “bailar”. Lo pongo entre comillas. Varios me han señalado que el slam no es un baile. Sea o no sea, me agrada aventar mi cuerpo como si estuviera poseído y chocar en un espacio donde todos adoptan movimientos brownianos.

Aunque me divierta con movimientos convulsos y caóticos, quisiera algún día aprender a bailar bien. No como un profesional, pero al menos para poder hacerlo en compañía. Quizá algún día me encuentre con una palabra que sí sirva para bailar, o quizá descubra la clave para descifrar aquel lenguaje corporal que me resulta tan críptico hoy en día.

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La vida de cuadritos

En algún momento, el ajedrez pasó a ser para mí más un remedio que un entretenimiento. Un remedio para no sé qué, pero un remedio. Acudo al tablero como acudiría al médico si supiera pedir ayuda.

Primero, busco a mi contrincante. Prefiero a los contrincantes conocidos, con quienes sabes qué juegan. No es fácil, están ocupados y para la mayoría de ellos el ajedrez sólo es un entretenimiento, no un remedio. No entienden esa urgencia por echarse una partida.

Si no consigo un contrincante conocido, me aventuro a nuevos terrenos. “¿Tú juegas ajedrez?” pregunto a quien parece tener mirada de ajedrecista. En otras palabras, busco a quien cae en mi prejuicio de cómo debiera ser quien habitualmente se sienta frente a un tablero. Si no tengo suerte, busco romper mis prejuicios.

En el peor de los casos, recurro a las plataformas en línea. No quiero sonar como los nostálgicos del olor a papel, pero… no es lo mismo. El ajedrecista online no suele tener tacto para administrar el remedio de una partida. Él entra a mover, comer y vencer. Terminado el juego, se retira como si ese instante que compartió con uno no hubiera tenido mayor importancia. Yo busco más que una partida.

No me parece fortuito que Saussure, el padre de la lingüística moderna, haya comparado la lengua con un juego de ajedrez. Existe un tipo de comunicación que no logro explicar entre dos contrincantes absortos. De alguna manera se hablan entre ellos y se esfuerzan por entenderse. “¿Por qué prefirió capturar con alfil y no con dama?”, “¿Por qué ha colocado el caballo precisamente ahí?”. Suponemos que no hay banalidad en cada movimiento. A veces, como en nuestras conversaciones diarias, suponemos mal.

Quizá ese es el remedio que encuentro en el ajedrez. Por un momento, cuando parece que toda la vida se reduce a aquellos sesenta y cuatro cuadritos, siento que me entiendo conmigo y con otro. No me siento tan solo.

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Una libreta

El único regalo que conservo de mi padre es una libreta. Él mismo escribió, con letra delgada y amplia, que se trataba de una libreta de poemas y que era mía.

Mi padre también decidió quién sería mi principal influencia. Copió un poema sobre un pájaro que cantaba en una rama. Antes del punto y final, la rama se rompía. Después, se leía: Octavio Paz.

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Yo tenía siete años cuando mi padre me entregó la libreta. El regalo era también una orden: “escribe”. Y así lo hice. Escribí poemas malos, como lo haría cualquier niño que no fuera Sor Juana. A mi padre no le importó esto y los publicó, sin mi autorización, en la sección cultural de un periódico local que dirigía un amigo suyo: Jaime Velázquez. También hizo que me publicaran en una revista cultural de Orizaba y en un boletín de la SEP.

Aún escribo poemas. Aún son malos. Por supuesto, ya nadie los publica. Para mí, son una forma de estructurar lo que siento y que no puedo decir de manera sencilla. No creo dejarlo de hacer algún día, aunque sean material para el olvido.

A mi padre no le hablo desde hace más de cuatro años. Antes, no le hablé en cinco. Evito mencionarlo. Evito aún más aceptar que de él llevo los rizos, la barba, el orgullo. No me gusta recordar que él me enseñó a jugar a ajedrez y a querer a los libros.

Uno puede odiar con facilidad a un extraño, pero no es tan fácil odiar a quien es parte de uno sin odiarse a uno mismo. Me odio un poco.

He perdido varias libretas. También me he acabado otras tantas. Sin embargo, esta libreta lleva conmigo veintiún años y aún le quedan demasiadas hojas en blanco.

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El punctum en las fotos de mi madre

En La cámara lúcida (1980) Roland Barthes dedica gran parte de su reflexión a las fotografías de su madre. Se fascina ante aquellas  imágenes testimonio del tiempo anterior a su nacimiento, donde ella tiene un aspecto distinto al que recuerda

Poco a poco regresan a su memoria algunos elementos: tocados, adornos. Y le van haciendo sentido su presencia en las fotos.

Cuando leí el texto de Barthes por primera vez, también rememoré las fotografías de mi madre. Cada que Barthes describía su experiencia, yo la traducía como mía.

Para Barthes, la foto no tiene nada proustiano. “El efecto que veo en mí no es la restitución de lo abolido”, dice. La fotografía es, más bien, testimonio de lo que ha sido. MotherAl reproducir la reflexión de Barthes con las fotos de mi madre, doy testimonio de su peculiaridad.

Desde niño, para mí mi madre destacaba sobre las mujeres que la rodeaban. A diferencia de sus compañeras de trabajo, o de las mamás de mis amigo, ella era esbelta, joven y rebelde.

A esa edad no me di cuenta qué tan rebelde era mi madre. Me percaté de ello cuando revisé sus fotos una vez transcurrido los años.

La foto de mi madre con mi hermana en Villa del Mar me sorprendió al ver el estampado de un rebelde zapatista, por ejemplo.

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Mi madre me contó que visitó San Cristóbal en 1994 una vez que yo regresaba de Chiapas y quería contarle de las comunidades. Mi sorpresa fue que ella me contaba a mí. Yo tenía seis años y no me enteré del viaje, o no lo recuerdo.  No recuerdo que me hubiera hablado antes del movimiento zapatista. Mi interés (creía) era propio y genuino.

Contrasto su silencio con las familias de amigos que parecen haber sido adoctrinados por sus padres para tener una actitud antisistema siempre.

Esto es algo de lo que más le agradezco a mi madre. No recuerdo que me haya impuesto sus ideas. Ella me crió en libertad. La libertad que exigía para ella, me la dio a mí.

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Hoy entiendo mejor a mi madre, su histerismo, sus preocupaciones.  Cuando tenía mi edad, esta edad en la que no sé qué rumbo tomar ni a dónde dirigirme, ella debía preocuparse por cuidar (casi) sola a dos niños. Y también quería disfrutar su vida.

Hoy mi madre cumple 49 años. Ya no es esbelta, ya no es joven, pero aún es bastante rebelde. Y este texto es mi regalo de cumpleaños.

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Llama el océano

Los amigos son los peores críticos que alguien en la vida puede tener. Mejor ser objetivo con el trabajo de uno. ¿Estoy dispuesto a leer esta mierda, si no fuera porque la escribí yo?

Y cuando creo que escribí algo que vale la pena, leo este poema para no engañarme:

LLAMA EL OCÉANO
No voy al mar en este ancho verano
cubierto de calor, no voy más lejos
de los muros, las puertas y las grietas
que circundan las vidas y mi vida.

En qué distancia, frente a cuál ventana,
en qué estación de trenes
dejé olvidado el mar y allí quedamos,
yo dando las espaldas a lo que amo
mientras allá seguía la batalla
de blanco y verde y piedra y centelleo.

Así fue, así parece que así fue:
cambian las vidas, y el que va muriendo
no sabe que esa parte de la vida,
esa nota mayor, esa abundancia
de cólera y fulgor quedaron lejos,
te fueron ciegamente cercenadas.

No, yo me niego al mar desconocido,
muerto, rodeado de ciudades tristes,
mar cuyas olas no saben matar,
ni cargarse de sal y de sonido:
Yo quiero el mío mar, la artillería
del océano golpeando las orillas,
aquel derrumbe insigne de turquesas,
la espuma donde muere el poderío.

No salgo al mar este verano: estoy
encerrado, enterrado, y a lo largo
del túnel que me lleva prisionero
oigo remotamente un trueno verde,
un cataclismo de botellas rotas,
un susurro de sal y de agonía.

Es el libertador. Es el océano,
lejos, allá, en mi patria, que me espera.

-Pablo Neruda

Si lo que escribí, no es mejor que eso, o para no ser tan exigentes, no es mejor que al menos uno de sus versos, no vale la pena su existencia.

Aún así, hay que firmarlos con algún nombre. Si no, pobres textos huérfanos.

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Otra vez me perdí

Seguido me pasa. Camino por calles que ya conozco, me dirijo a sitios que ya he visitado. De repente me detengo, observo dónde estoy parado y me doy cuenta de que me extravié.
Así estoy hoy. Así he estado estos días. Perdí el rumbo en no sé qué vuelta y ahora no sé dónde me encuentro. Cada minuto que pasa olvido hacia dónde me dirigía.
Tan solo quisiera encontrar un abrazo, una costa, para saber que no estoy a la deriva.
Tal vez está ahí, y no veo nada por la bruma. Tal vez está ahí, pero no sé cómo levantar los brazos.
Otra vez me perdí. Pero no se preocupen. Tantas veces me ha pasado que ya aprendí a mantener la calma.

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De cómo preferí no conocer a una gran amiga

No conocí a una pequeña muchacha de tez morena y delgada una vez que fui al teatro. Ella traía un vestido blanco y esperaba a alguien con impaciencia. Le pregunté si no le faltaba algún boleto. Mi acompañante no había llegado y me sobraba uno. ¡Qué casualidad! A ella le faltaba un boleto porque su acompañante no llegaba. Me lo compró, tras pensarlo brevemente.

Melville en Mazatlán, obra de teatro biográfica sobre Herman Melville, escrita por Vicente Quirarte.

Melville en Mazatlán, obra de teatro biográfica sobre Herman Melville, escrita por Vicente Quirarte.

Me senté casi en la entrada del segundo nivel del Foro. Un buen lugar: no solo podía ver bien el escenario, sino también al público. La obra empezó. Era un guión de Vicente Quirarte, sobre un joven que acababa de desembarcar tras un viaje en barco ballenero y estaba deseoso de convertirse en escritor. Este joven se encuentra con un viejo cascarrabias que ha dejado de trabajar en la aduana y ahora tendrá mucho tiempo libre. Ellos tienen mucho en común, pero no lo saben.

El viejo escribía poemas en una libreta y esto llama la atención al joven, quien le pregunta insistentemente si era escritor. “Empujo la pluma, pero escribir es mucho más que eso”, le dice el viejo. Casi al final de la obra, el viejo le cuenta al joven sobre su jubilación. El joven se emociona, y le dice “ahora puedes dedicarte solo a escribir”. El viejo le responde, “preferiría no hacerlo”.
Me reí, y se hubiera escuchado mi risa solitaria en el foro ante ese sutil chiste si no fuera por otra risa cómplice presente. Extraña manera de reconocer a los tuyos. Volteé a ver quién había leído también Bartleby, el escribiente y era la misma muchacha morena y delgada a quien le vendí mi boleto sobrante.

En la salida del teatro, la busqué. Iba flanqueada de dos chicos (los retrasados, pensé). No le hablé, solo caminé cerca y escuché su conversación. Les platicaba a sus amigos sobre Bartleby y cómo era una obra fundamental para comprender a Herman Melville y al escritor que renuncia a la escritura.

Pude haberme acercado con cualquier pretexto, ya le había hablado antes. Pero preferí no hacerlo. Una lástima, tal vez pudo ser el inicio de una gran amistad.

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10 cosas que (tal vez) no sabías de mí / Día 2

Resulta que esto es para hacerlo durante tres días seguidos. Así que cada día parece que se volverá más difícil.

  1. Me he cambiado muchas veces de casa. Me cuesta trabajo contar todas las veces que me he cambiado de casa, y cuando lo recuento, siempre se me olvida algún cambio. Si dividiera las veces que me he cambiado de un lugar, desde que era niño, he vivido aproximadamente menos de dos años en cada sitio. Claro, hay lugares en los que he vivido más tiempo que otros. En varios lugares no he estado mas que unos meses y en otros he vivido por varios años. Ya llevo viviendo más de dos años en el Cerro del Judío. Es el lugar en que más tiempo he estado en todo el tiempo que llevo viviendo en el DF. Espero cambiarme el próximo mes.
  2. He cambiado muchas veces de trabajo. Algunos de esos trabajos difícilmente podría llamárseles trabajos. Varios han sido de autoempleo, como vendedor de dulces, mientras que otros han sido temporales o trabajos voluntarios. Mi pasado trabajo, con el profesor Sergio Ricco del cual ya he hablado, ha sido uno en los que más tiempo he estado. Ser profesor adjunto y  ayudante administrativo en la ENAH no los cuento como trabajo, pero aún así los pongo en el currículum.
  3. De niño, era un católico recalcitrante. Aunque devoraba libros y revistas de divulgación de la ciencia, no me parecían que estas fueran contrarias a los dogmas católicos. Para mí, el Big Bang resultaba compatible con el Génesis y la Selección Natural no tiene por qué ser contraria a los relatos bíblicos. Unos son metáforas y otros son hechos. Y de hecho, la Iglesia Católica es de las pocas iglesias cristianas que aceptan la Selección Natural como plausible. Mi catolicismo llegó a tal punto que hice mi primera comunión por voluntad propia y sin que nadie me obligara. Actualmente, me declaro agnóstico y mi relación con Dios es un “es complicado”.
  4. He creído tener conversaciones con Dios. Aún en las épocas en las que estuve a punto de llegar al ateísmo, he tenido experiencias místicas que me hacen sentir que converso con Dios. Este es un síntoma típico de cuadros maniacos e hipomaniacos. Últimamente ya no he tenido esas sensaciones. Mi abuela dirá que se debe a que he empañado mi imagen ante Dios con el pecado.
  5. Me hice comunista gracias a Jesús. En realidad, no es tan cierto. Pero cuando leí en la secundaria los primeros textos comunistas que llegaron a mis manos (El manifiesto del Partido Comunista, La Revolución Permanente, etc.), concluí que el mundo “utópico” que pregonaban los marxistas no distaba mucho al que predicaba Jesús en los Evangelios. De cierta manera, me acerqué a la Teología de la Liberación sin saberlo.
  6. Me gusta imaginar que viajo en el tiempo. Este es un juego que hacía con mi mejor amigo de la primaria, Pedro ¡Y aún lo hago! Pero de otras formas. Todo empezó cuando empecé a usar el metro y revisaba en los andenes los relojes. Hacía un transbordo de la línea café a la verde en Centro Médico. En el andén de la café el reloj marcaba, por ejemplo, 6:04 y en el andén de la verde las 6:00. Entonces me decía que el metro me hizo viajar cuatro minutos al pasado.
  7. Empecé a usar la bici  como una forma pasiva de intentar suicidarme. Harto de los intentos absurdos y fallidos, comencé a usar la bici pues, según yo, soy tan torpe que seguramente alguien me atropellaría en poco tiempo. Sin embargo, usar la bici me hizo la vida más grata y no he tenido ningún accidente de gravedad.

    Me gusta imaginar que soy un apatosaurio cuando como brócoli.

    Me gusta imaginar que soy un apatosaurio cuando como brócoli.

  8. Me gusta imaginar que soy un animal silvestre cuando como. Me imagino que soy un conejo cuando como lechuga, imagino que soy una ardilla cuando como nueces o cacahuates, y me imagino que soy un apatosaurio cuando como brócoli.
  9. Escribí artículos en la Frikipedia. Antes de que los administradores de la Frikipedia iniciaran con sus políticas comuninazis, escribí varios artículos en la frikipedia de manera anónima y con el seudónimo de JacintoCanek. Hasta me dieron un reconocimiento por hacerlo.
  10. Tuve un padre distante. Bueno, quizá ahora que se me acaban las ideas para continuar escribiendo tendré que poner cosas más personales. Mi padre se fue de Veracruz cuando tenía siete años y había veces que lo veía cada seis meses. Ahora lo veo cada seis años, aunque vivamos en la misma ciudad. Él dice que soy yo el que debe pedir disculpas ¿creen que siento alguna culpa por intentar destruir su casa?

No sé qué se me ocurrirá para el tercer y último día.

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