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Número cabalístico

“Tiene quince días que llegué aquí”, me dijo el cerrajero. Se ve chavo, pero me dice que ya tiene siete años en el oficio. Me cuesta creerle, no solo porque se ve chavo.

Se tardó casi una hora en abrirme la puerta. “Esa chapa está perra”, me había advertido en un inicio. “¿Ah, sí? La abrieron en otra ocasión en corto”. Pensé que quería chorearme.

Sacó sus herramientas. Metía y sacaba ganchos como si viera cuál quedaba, pero ninguno hacía mover la tranca. Él perdía la paciencia y yo con él. Quería que la puerta ya se abriera e irme.

En la casa tenía las maletas casi listas. Tiraba un par de cosas a la basura, levantaba otras, tomaba mis cachivaches y a la mierda. Pero dejé las llaves dentro de la casa, con el celular. Pasaban de las ocho y media. Llamé desde un teléfono de monedas a una cerrajería y me senté a esperar.

Soy olvidadizo y recurro a los cerrajeros seguido. No estoy acostumbrado a que sean tan jóvenes. Traté de no desesperarme cuando mentaba de rodillas frente a la puerta. Me llamaba “camarada” y solo por eso me esforcé en no perder los estribos. Me imaginé que era comunista, aunque lo decía con demasiada naturalidad, como un “huey”, un “loco”, o un “compi”.

La puerta se abrió y me apresuré en despacharlo. Me faltaban doscientos cincuenta pesos para pagarle, así que me acompañó al banco. Platicamos en el camino. Me preguntó si aún alcanzaría metro y cómo podría llegar. Supuse entonces que no era de aquí, pues a las diez y media se preocupaba por no alcanzar transporte.

Le dije que tampoco soy de esta ciudad. “Soy de Veracruz, pero ya tengo quince años viviendo aquí”. Fue ahí cuando me confesó que él tenía solo quince días en la ciudad.

“Llegué para aprender más. En León no hay tantas chapas de seguridad. Haz de cuenta, allá me tocaba abrir unas siete a lo mucho cada mes. Mientras que aquí en esta semana ya llevo ocho”.

“Pues yo ya me voy de aquí”, le dije. “Espero no volver”. Y el corazón se me apachurró un poco. Me costaba creer que ya me iba. Quince años, después de todo, son un chorro.

Llegué a la terminal con más maletas de las que podía cargar. No creo en la cabala o en la numerología, pero cuando el camión salió, hacía pocos minutos que había comenzado el quince de mayo.

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Un día mágico entre varios malos

Inhalo. Inhalo. Exhalo. Exhalo. Pienso que ha sido otro día malo, como han sido tantos en este último mes. “Soy un desastre”, me digo. Quisiera desquitarme con Fortuna, con Caos, con quien parezca tener la culpa de mi torpeza. Me veo en el espejo y reconozco que soy el único responsable de este desorden.

He engordado bastante en este último mes. Como y bebo sin medirme. Veo mi cabello desaliñado, mi ropa holgada y me comparo con quienes caminan por la calle. Todos son más altos, más fuertes, más guapos. Su ropa está planchada, aseada. No puedo ser como ellos. Ya ni lo intento. Recuerdo cada vez que intenté vestir una camisa elegante y me tiraba un poco de comida encima. “Soy un desastre”, me digo. Uno zapatos bien boleados no me durarían. Una camisa de vestir se me descosería en unas cuantas puestas.

Me sentí un desastre toda la semana, excepto ayer.

Desperté temprano el sábado. Me acosté tarde el día anterior, pero había quedado con Karina para ir a Los Dinamos. La esperé afuera del metro y tomamos un camión que sube por toda la avenida San Jerónimo.

En Los Dinamos corre el único río vivo que tiene Ciudad de México: el río Magdalena. Lo entuban para surtir de agua potable a una pequeña parte de la ciudad, pero en la reserva aún se encuentra libre. Caminamos un par de horas cuesta arriba. A pesar de haber dormido poco, no me sentía cansado, pero Karina quería regresar porque a las dos su perro, Claudio, empezaría a inquietarse en la casa. “Lo tengo que pasear”.

El camión de regreso baja sobre el río Magadalena. En ese tramo, el río ya se encuentra domado y corre silencioso bajo la calle. Excepto en época de lluvias, nadie lo nota. Karina regresó a su casa. Yo no quería volver al departamento que cada vez se encuentra más abandonado. Entonces, fui a la Cineteca. Quería ver una película, pero no podía sentarme sin cabecear. Me recosté en el pasto y me quedé dormido.

Casi después de despertar, reconocí a lo lejos a una compañera de la carrera, Jocelin. Iba acompañada de otra chica más. Contrastaban un poco. Jos vestía sandalias y una blusa de algodón, ligera y con tirantes. Su amiga traía un vestido dominguero de color durazno. La saludé a lo lejos, pero no me vio, así que me acerqué hasta pararme detrás de ellas.

Nos saludamos: “Hooola, ¿cómo estás?” “Bien, gracias. Y ¿tú?”, y así prosiguió la conversación hasta que me dijeron que iban a pagar el estacionamiento porque les salía más barato en taquilla. No habían encontrado boleto para una película de Wes Anderson.

“Yo vengo a ver Sueño en otro idioma, pero antes me dormí un rato para no dormirme en la película”, les dije. Llegamos a la taquilla y nos quedamos los tres en silencio. La cajera nos vio extrañada, hasta que me dijeron “pues pide tu boleto”. “Ah, sí. Uno para Sueño en otro idioma.” “¿Boleto de estacionamiento?” “No”. “¡No, sí, sí!” dijo Kari, la amiga de Jos. “Ah, sí, sí. El Cadillac. Casi nunca lo saco y se me olvida que tengo uno”, le dije a la cajera que se aguantaba la risa.

Faltaban tres horas para la película. Kari y Jos planeaban pasear un rato por Coyoacán, ahora que podían tener indefinidamente el auto en el estacionamiento. Las acompañé. Esperaban a una amiga para tomar cervezas artesanales más tarde, a la vuelta del Cenart. En el mercado platicamos de lingüística, de educación, de metas y de desilusiones. En el mercado, se unió su compañera. Caminamos por el centro después de comer unas tostadas.

“¡Papas!”, escuché a lo lejos. Volteé hasta que vi a Chota y a Manolito a lo lejos. Se acercaron a mí. Comenzaba a chispiar, pero no nos importó mucho. Jos y sus amigas se metieron a la puerta lateral de la parroquia, mientras Manolito, Chota y yo nos poníamos al tanto de las novedades. Chota se iría pronto a Europa sin un quinto, pero un montón de libretas para vender. Manolito me comentó que tomaba unos medicamentos después de intentar cortarse el brazo. Yo le mostré mi llavero-pastillero y le dije que lo entendía. Sonreímos porque sabíamos que los tres entendíamos. No se necesitan palabras de apoyo cuando te hacen sentir acompañado.

Nos reintegramos al grupo de Jos. “Ellos van también cerca del Cenart, ¿les pueden dar un aventón?”, les dije. “¡Claro!”. Ahora éramos un grupo de seis personas. Nos apretujamos en un carro para regresar a la Cineteca. Pensamos en esa escencia que tiene Coyoacán que permite esta clase de encuentros fortuitos, algo de lo que carecen la Roma y la Condesa.

Cada quien tomó su rumbo poco a poco, hasta que me quedé solo en el cine a ver la película. Pensé que fue un día mágico entre tantos malos que he tenido últimamente. La película me encantó. Sin embargo, de regreso en el metro me sentía otra vez  sin rumbo y con ganas de dejar de existir. Me fijé en la hora y recordé que ya debía tomarme mi medicamento.

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Crónica de una crónica

Hace un par de años que me pregunté por qué nunca me había ganado nada en un concurso. Sonará estúpido, pero fue hasta entonces que me di cuenta que muy pocas veces he participado en concursos. En muchos me quedé con las ganas. Justo cuando iba enviar algo, decidía que lo que había hecho no valía la pena. Y no concursaba.

Eso estuvo a punto de sucederme con “Las batallas en Xoco”, crónica con la que gané el segundo lugar en la tercera edición del concurso La crónica como antídoto, convocado por el CCU Tlatelolco.

En un inició pensé la crónica como un cuento. La historia de un vecino de Pilar, que estaba harto con el ruido de los gallos de su papá, me parecía muy entretenida y años atrás hice un borrador que ahí se quedó.

Cuando entré a trabajar en la UNAM, tuve mucho tiempo libre. Decidí aprovecharlo para escribir. Me encontré con la convocatoria del concurso, recordé el cuento y lo retomé para volverlo crónica.

El trabajo que hice en una revista digital me dio experiencia en la narrativa periodística. Escribí el texto pensando que tenía atrás a Marco Antúnez, quien fue mi editor en esos tiempos. Intentaba imaginar todo lo que Marco podría señalarme para mejorar la crónica.

También aproveché lo aprendido en un taller de Raquel Castro sobre creación de personajes. Intenté imaginarme los detalles de cada uno de los actores en Xoco. Con algunos fue sencillo, pues los conocía bien. A otros tuve que imaginarlos según lo que me contaron de ellos.

Aunque mejoró bastante, al final no me gustó lo que tenía escrito. El tiempo límite estaba encima y no sabía cómo mejorar la crónica. Pensé por un momento en no enviarla. Meses después salieron los resultados y me sorprendí al ver que había obtenido el segundo lugar.

La crónica podía ser mejorada, por supuesto. Por algo no ganó el primer lugar. Por algo me sorprendió estar entre los premiados. Menos mal que una de las cláusulas del concurso incluía que se tenía que tallerear. El taller estuvo a cargo de Emiliano Pérez Cruz, quien me dio bastantes sugerencias para mejorarlo.

La crónica ya ha sido publicada en Punto de partida y pueden leerla en este enlace.

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Haré las paces con tu recuerdo

Debo hacer las pases con Araceli, o al menos con su recuerdo que veo a diario. A pesar de que la condené al olvido hace más de dos años y medio, no ha habido día en que no la piense, o que su nombre no se me escape de los labios como un tic nervioso.

Al principio, no podía atravesarse su imagen en mi  cabeza sin causar estragos. Ahora ya puedo convivir con su ausencia sin que me arruine un buen día. Aún así, merodea en mí y no sé cómo tratarla. Quisiera poder recordar cómo hacía feliz mi vida sin sentir al mismo tiempo resentimiento.

La recuerdo como una melodía cuando entraba a la casa. Me abrazaba, me llenaba de besos y me contaba su día.

Sus días eran rarísimos. Me platica que pepenó comida en la Merced, o cómo conoció a un tipo a quien le decían “Muerte” y que le dio consejos de cómo sobrevivir en la calle. Conocía a gente de todos lados y de todas las edades todo el tiempo y fácilmente se hacía amiga de ellos. Luego los metía a la casa.

Así terminamos viviendo con un venezolano que se hacía pasar por hindú y que practicaba la quiromancia y el tarot.

En las noches me pedía que le contara cuentos. Yo era malo improvisando, así que me acostumbré a buscar historias durante el día para que no me agarrara por sorpresa. Y si me agarraba por sorpresa, no se me ocurría otra cosa que decirle más que:

Este es el cuento de un gato
Con el cuerpo de trapo
Y los ojos al revés
¿quieres que te lo cuente otra vez?

Me recitaba las partes favoritas de sus lecturas. O me pedía que se las leyera. Y yo le leía, aunque estuviera cansado de tanto leer. En ese tiempo, la mayor parte de mi trabajo consistía en leer en voz alta.

A Araceli la conocí en un curso de foto. Tenía buen ojo para ver todo distinto. Con la cámara fotográfica escogía ángulos que ni se me hubieran ocurrido que podían existir. Y ese buen ojo lo aplicaba en todo. Me cuestionaba mis opiniones y después hacía un comentario que me cambiaba la perspectiva.

—No todos estudian por la misma razón que tú lo haces, Paulo. —me dijo en una ocasión en que me quejaba de mis compañeros de clase. Yo nunca lo había pensado y por primera vez comencé a preguntarme qué buscaban mis compañeros de carrera en la lingüística.

Nos inventábamos historias del futuro, o formulábamos hipótesis sobre la sociedad. Y se tomaba mis dudas sobre el viaje en el tiempo muy en serio.

Araceli creció en un pueblo obrero que se volvió ciudad dormitorio después de que cerró la fábrica. Era barrio y había aprendido muchas mañas. Teníamos poco dinero para comer, pero cuando nos sentábamos a la mesa, de repente sacaba un paquete de queso de cabra o una lata de ostiones.

—Ara, ¿de dónde sacaste todo eso? No teníamos dinero para comprarlo.

—Tú conmigo no te preocupes nunca del dinero, Paulo. Yo hago magia.

Ni yo me daba cuenta cuando se escondía en su chamarra un paquete de galletas.

Si se encontraba a un lisonjero, le daba lo que se había robado. Y si le decían “gracias por su caridad”, enojada contestaba.

—No es caridad, es solidaridad.

Las noches con ella eran cortas. Y al despertar, me preguntaba qué había soñado. Procuré despertar cada vez con más calma, para no olvidar mis sueños. A veces ella era la que me despertaba.

—¡Paulo!

—¿Qué pasó?

—Me pareció que tenías un mal sueño.

Ara me gustaba desde antes de conocerla. No era particularmente bonita, pero me llamaba la atención su cabello desordenado y corto, sus pantalones rotos y su actitud desafiante.

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—¿Qué hizo que empezaras a hablarme? —le pregunté, pues para mí era un misterio cómo llegó a fijarse en mí.

—Me gustaba cómo me veías y que después volteabas para fingir que no lo hacías.

Ella estudiaba etnología y tenía la mirada etnográfica muy desarrollada. Me gustaba escucharla hablar sobre lo que había aprendido de las plantas y sus usos medicinales, sobre las montañas o sobre tradiciones.

A veces me decía todo lo que le gustaba de mí. “¿Ese soy yo?”, pensaba. Y me preguntaba si yo también podría quererlo como ella lo hacía.

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La güera

La güera llegaba a casa de mis abuelos antes de la hora de la comida. Ella traía las tortillas, envueltas en una servilleta de tela sobre papel de estraza. No se quedaba más de cinco minutos. La recibían, iban por el dinero, le pagaban y le daban su propina.

Casi siempre yo le abría a la güera. Teníamos la misma edad, pero ella era más alta y más delgada. Cuando llegaba a la casa, solía encontrarme jugando con una botella de plástico. En casa de mis abuelos me las arreglé para que un deporte practicado por 22 jugadores en una cancha de más de 90 metros de largo con un balón, pudiera ser jugado por un solo individuo en un garaje con una botella de plástico.

Un día que llegó la güera con las tortillas, me preguntó a qué jugaba.

— Juego fútbol —le dije.

— ¿Solo?

— Sí — y le expliqué cómo jugaba.

Antes de cada partido contra mí mismo en el garaje, tomaba una botella desechable de refresco. La tapaba bien y la aplastaba para comprobar que el aire no se le escapaba. La ponía en medio del garaje e iniciaba el partido. Un pie jugaba para un equipo, otro para el equipo contrario. Corría de un lado a otro tras la botella. Con un pie la pateaba hacia la portería de los visitantes y con el otro pie me barría para evitar el gol. Me caía, me levantaba y ahora el equipo contrario poseía el cilíndrico. Corría hacia la portería de los locales y sucedía lo mismo.

Tal vez le extrañó un poco las reglas de mi juego, pero no dudó en preguntarme si podía jugar conmigo. Yo no me lo esperaba, pero no tardé en responder.

— ¡Claro!

Y jugamos juntos unos cinco minutos.

Después de ese día, si yo no le abría a la güera y ella no me encontraba en el garaje, me buscaba en el estudio de mi abuelo, donde hojeaba las enciclopedias. Y si yo estaba arriba viendo tele y alguien gritaba “es la güera”, para informar que las tortillas habían llegado, yo bajaba corriendo y jugábamos en el garaje aunque fueran cinco minutos.

La güera era mi primera amiga desde el jardín de niños. Quizá por eso empecé a fantasear. Tal vez, más grandes, nos conoceríamos mejor. Tal vez le tomaría de la mano y tal vez algo sucedería. Finalmente, vivíamos muy cerca.

No sucedió nada. La güera dejó de entregar un día las tortillas. Cuando se me ocurrió preguntar qué le había pasado, me dijeron que su papá se la había robado y que se la había llevado con él a Chiapas. No volví a saber nada de ella.

Hace poco me pregunté qué sería de la güera. Me di cuenta que sería imposible reencontrarnos. Nunca supe su nombre y la única imagen que conservo de ella está en este recuerdo.

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Me he convertido en un mejor niño

A los cuatro años tomaba el requinto de mi tío Arturo y lo garraspateaba sin método alguno, mientras inventaba canciones de lo que me pasara por la cabeza.

Los adultos me decían que así no se tocaba el instrumento, pero a mí eso no me importaba.

A los cuatro años tomaba el viejo tablero de ajedrez de la casa de mis abuelos y lo ponía al revés. Cada mitad del tablero se convertía un barco, cada pieza en un tripulante y el piso se convertía en un mar. Me habían dicho que el ajedrez era un juego de guerra, así que los dos barcos se encontraban para iniciar una batalla naval.

Los adultos me decían que así no se jugaba al ajedrez, pero a mí eso no me importaba.

A los cuatro años tomaba la máquina de escribir de mi abuela y en una hoja en blanco golpeaba las teclas para crear frases sin ningún sentido.

adlfaklfla{laf fa  fdkajñ  dfklña  jdka jfkd sdk jfakj aiwioeñam   fdm swi vma naown afnm fmf mamf  o,m ,fawo . masfd,ma,wa a kr,. FAML M AAF

Con escuchar el golpe de mis dedos en el teclado y el golpe de los moldes, disfrutaba el momento. Luego fingía leer lo que había en el papel.

Los adultos me decían que así no se escribía, pero a mí eso no me importaba.

A los cuatro años bailaba sin ritmo cualquier canción. Me retorcía con la música y me arrastraba por el suelo, como enloquecido por las notas.

Los adultos me decían que así no se bailaba, pero a mí eso no me importaba.

II

Siento que en los últimos meses no he hecho mucho con mi vida.

De lunes a viernes voy al trabajo, donde me siento enfrente de una computadora y golpeo las teclas para escribir algo que tenga un poco de sentido. Redacto sobre un fósil, o sobre un alga, o sobre una planta de temporada.

Cuando me aburro, juego ajedrez en línea. Gano unas partidas, pierdo otras partidas y vuelvo a lo mío.

Si no llego cansado a casa, tomo la guitarra y canto alguna de las canciones que estoy practicando. Como no me sé muchas, a veces me invento cualquier letra, de lo que se me venga a la mente.

Algunos sábados, por la noche, voy a clases de baile.

Siento que en los últimos meses hago lo mismo que hacía de niño, pero ya me importa tocar bien el instrumento, jugar ajedrez como se debe, seguir el ritmo de la música y escribir correctamente. Me equivoco seguido, pero qué importa.

III

No tengo claro qué quiero y no sé dónde estaré parado en los próximos años.  Aún no soy la persona que quisiera ser, pero siento que en los últimos meses me he convertido en un mejor niño.

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Gritos mal concatenados

En los últimos años me he dedicado a buscar una casa, luego un trabajo, luego una casa, luego un trabajo, luego una casa, luego un trabajo…

No tengo ninguna propiedad. Ni siquiera un sueño me pertenece. No me heredarán nada y no tengo nada que heredar.

A cada casa que llego me pregunto cuánto tiempo viviré ahí.

En cada trabajo nuevo me pregunto cuánto tiempo estaré ahí.

No me van a heredar nada. Ni un oficio, ni una tradición. Para salvarme, nada más cuento con lo poco que sé hacer: concatenar palabras, lecturas, ideas. Concatenaciones que apenas logran sobrevivir unos cuántos días y pronto son encerradas en una caja hecha de olvidos.

Yo no voy a heredar nada. Ni un oficio, ni una tradición. A mis sucesores nada más les dejaré las palabras, las lecturas y las ideas que logré concatenar sin mucho talento. Concatenaciones que quedarán guardadas en una caja hecha de olvidos y que envejecerán hasta volverse ininteligibles.

A quienes llegarán como yo, sin nada, que vivirán sin heredar nada y morirán sin nada que heredar, sólo podré dejarles una grieta, para desquebrajar este mundo donde nada nos pertenece.

Pero, ¿es posible crear grietas solo con gritos mal concatenados?

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La Rana

I

Yo tenía amarrada a mi hermana con un mecate en el patio de la privada. La arrastraba, mientras ella luchaba por escapar. Habrá tenido cuatro años, yo seis. Cuando Lulú, una vecina que nos solía cuidar, nos vio, salió y me regañó.

¡Juan Paulo! ¿Por qué tratas así a tu hermana? ¿No ves que es una dama?

No tuve tiempo de pensar en mi defensa cuando mi hermana, indignada, le contesta:

No soy una dama, soy una vaquera.

II

Mi hermana se llama Ana. Le apodamos “Rana” por sus ojos grandes. Cuando la recuerdo de niña, me la imagino chimuela, con pantalones de mezclilla rotos, camisa desacomodada y el cabello largo y desordenado.

Mi hermana y yo nos peleábamos seguido, ya sea como juego o por broncudos. A ella nunca le importó que fuera  dos años y medio mayor que ella, menos que fuera hombre. Se agarraba a golpes conmigo. Me daba patadas, puñetazos y mordidas y no se rendía hasta que llegaban a separarnos o hasta que empezaba a llorar.

Ya sabía que si lloraba, a mí me iría peor con la chancla o el cinturón. En esos momentos debía hacer las tonterías más graciosas para calmarla y hacerla reír.

¡Mira, Ana! Mi mano me está atacando —por ejemplo. Poco a poco se iba calmando.

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Mi hermana, mi madre y yo.

III

Cuando empecé a leer, quería enseñarle todo lo que aprendía en la escuela a mi hermana. Me enojó que nadie me quisiera enseñar a leer y hacer sumas en preescolar. Yo quería que mi hermana fuera más inteligente que yo, así que, contra su voluntad, la sentaba a hacer sumas y planas.

Dicen algunos que uno también lastima queriendo ayudar. A veces me pregunto si no le genereré a mi hermana alguna aversión a la escuela, haciendo que aprender lo viera como una actividad desagradable.

IV

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La típica imagen del papá ayudando al hijo a pedalear no existió para mi hermana, ni para mí. Si aprendí a andar en bicicleta, fue gracias a mi orgullo y a ella.

Yo tenía una bici azul claro con dos ruedas de apoyo. Ella le quitó a la bici las ruedas de apoyo y a trompicones empezó a andar. La veía como caía al suelo una y otra vez. Me sentí amenazado cuando comencé a ver que mantenía el equilibrio y se movía como ella quería en la bicicleta.

¿Mi hermana menor aprendía a andar en bici antes que yo? Le pedí que me diera la bici y yo me dí mis propios golpes. Rápido la alcancé en destreza.

Por orgullo les diría que aprendí solo a andar en bicicleta. La verdad es que mi hermana fue quien me enseñó.

V

No recuerdo por qué nos peleamos en una ocasión, pero mi madre nos sentó a mi hermana y a mí para hablar de lo que sentíamos. Tampoco recuerdo qué habrá dicho Ana o si habrá dicho algo. Lo único que recuerdo bien es lo que sentía, lo que pensaba y lo que dije en esa ocasión. Sentía mucho enojo. Pensaba cómo lastimarla lo más posible. Le dije:

Te odio.

Mi hermana se soltó a llorar. Mi madre lloró también. Me retiré de la mesa y me fui al cuarto para no mostrar los sentimientos grabados en el rictus. Logré mi cometido. Con dos palabras lastimé más a mi hermana que todos los rasguños o jalones de greña que nos dimos. Me arrepiento de ello.

Después de ese día, mi hermana y yo evitábamos hablarnos. No nos dijimos nada amable en muchos años.

VI

Cuando se habla de los orígenes de la diversidad, un ejemplo que suele salir a tema es el de los hermanos. ¿Cómo dos personas, criadas en el mismo entorno familiar, pueden ser tan distintas? La verdad es que los hermanos rara vez viven situaciones similares.

Me queda claro que mi hermana y yo vivimos cosas muy distintas. Aunque vagamente, recuerdo que mis padres alguna vez estuvieron juntos. Mi hermana, en cambio, no tenía más de seis meses cuando mis padres se divorciaron. A mí me ponían como ejemplo a seguir. A mi hermana le recriminábamos por mentir, por pelear, por desobedecer, por no entender los temas de la clase. Yo decidí salir de la casa de mi madre para irme a estudiar a la ciudad de México cuando tenía quince años. Ella decidió salirse de la casa de mi madre y dejar de estudiar para vivir con su novio cuando tenía trece años.

VII

A los dieciete años, mi hermana tenía la secundaria inconclusa y se ganaba la vida haciendo la limpieza en casas ajenas. A esa edad quedó embarazada. No sé qué habrá pensado ella en todo ese tiempo, pero no se quedó impasible. Acabó la secundaria y al poco tiempo concluyó también la preparatoria. Lo logró un poco con ayuda de la familia, un poco con voluntad.

Mi hermana se fue a vivir a Guadalajara y en los últimos años se ha dedicado a trabajar, a estudiar la universidad y a cuidar a su hijo. Cuando pienso en su vida reciente la recuerdo en la bicicleta, dando trompicones e intentando aprender a mantener el equilibrio sin que nadie la sostenga.

VIII

Ayer mi hermana me intentaba dar ánimos en un mensaje por teléfono. Me preguntó cómo estaba y le dije que me sentía desganado. Ella me escribió:

—No lo estés.

Le contesté agriamente.

Oye, gracias. Ya no lo estoy.

Ya sé que eso no ayuda para sentirse mejor, pero intento echarte ánimos. A mí nadie me echa ánimos y me los tengo que echar yo solita.

Después de su mensaje, pensé en todo el tiempo que la dejamos sola. Recuerdo más veces en que se le regañó y se le dijo todo lo que hacía mal, que felicitaciones por algo que hacía. Quizá se hubiera ahorrado unos cuantos madrazos si alguien la hubiese apoyado.

He escrito esto para ella. Para hacerle saber que, aunque no lo crea, la admiro por saber aguantar los golpes y aprender de ellos. Que estas palabras sirvan para echarle ánimos.

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Por nada suceden las cosas

I

De vez en cuando, se nos cae el mundo. Los planes, los amigos o nuestro cuerpo nos fallan, o todo al mismo tiempo y nada podemos hacer para evitar el desastre. Para consolarnos, no faltará quien nos diga: “Por algo suceden las cosas”.

Esa frase no dice nada se quejaba conmigo Nidia, amiga del Instituto de Biología.

Nidia me platicó sobre un médico, amigo suyo, que había sido aceptado en la especialidad de urgencias. Al poco tiempo de empezar, se enfermó y le dieron varias semanas de incapacidad.

Cuando se recuperó, le dijeron en la especialidad que lo habían dado de baja porque tiene un límite de días de incapacidad.

Su familia lo visitó y lo consolaron con el lugar común.

—Quizá no era para tí. Por algo suceden las cosas.

Esta frase apunta a la causas finales del infortunio. Sugiere que existe un plan divino que se interpone entre nosotros y nuestro deseos para ofrecernos un bien mayor o salvarnos de lo peor. Sin embargo, no hay una teleología en la desgracia. Ésta ocurre todo el tiempo y no necesita justificarse con razones. Lo peor siempre puede suceder. Sucede continuamente.

II

Este mes empezó mal para mí. No ahondaré en detalles, sólo diré que dormí mal y me sentí agobiado. No era la primera vez que estaba en una situación similar, pero sí era la primera después de vivir un par de años de comodidad.

Esta situación me obligó a retomar proyectos abandonados que ahora se ven próximos a realizarse. Aunque los problemas no se han resuelto, comienza todo a tomar buen cauce. Me da tentación pensar que “todo sucedió por algo”. Me mentiría. Las cosas suceden. A veces podemos controlarlas, a veces no.

La buena fortuna tiene un poco de azar, un poco de conquista.

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Palabras que no sirven para bailar

Me pusieron un siete en segundo de primaria por no querer bailar. Me enojé con la maestra y no quise estar en su clase. Los adultos interpretaron mi molestia como “al niño no le gusta el baile”.

—¿No te gusta bailar? Si no te gusta no tienes que tomar la clase.

Yo estaba enojado. Cuando me enojaba, destruía cosas. En esa ocasión destruí mi relación con el baile.

—No, no me gusta bailar.

Y no bailé en público por mucho tiempo.

La verdad es que me gusta bailar desde que tengo memoria. Bailar de todo: desde conciertos para piano de Mozart hasta el rock rupestre, pasando por los bailes de salón.

En la clase de baile de la primaria, me consideraba el mejor bailarin. Nos enseñaban danza folklórica y en la coreografía, era el primero en salir. En algún momento ensayamos en un lugar distinto al habitual y la maestra me corregía seguido los movimientos. Me quejé.

—Aquí no me acomodo para bailar.

Ella contestó con un refrán.

—El que es perico, donde quiera es verde.

Si quieren hacerme enojar, contéstenme con refranes. Me enojé y esa fue mi última clase de baile en primaria.

Nunca le conté la verdad a los adultos. Les parecería mi enojo una ñiñería y me enojaría más por eso. Ellos estaban dispuestos a aceptar mi actitud rebelde si decía que no me gustaba el baile. A los siete años, ya sabía decir cosas que no sentía.

El problema después era ser consecuente. Había dicho que no me gustaba el baile. No podían verme bailar. No bailé en mucho tiempo. Cuando lo volví a intentar, ya era un tronco.

He intentado varias veces tomar clases de baile y no vuelvo a la segunda clase. Me fastidian los instructores. Siempre te dicen palabras que no sirven para bailar.

—Sólo siente la música.

Caray. ¿Creen que no siento la música? Mi problema en el baile no es “no sentir la música”. Mi problema es no poder darle la estructura que ellos quieren al ritmo.

Luego, conocí la danza contemporánea. Me gustó por la libertad que expresa: movimientos largos, a veces lentos, a veces rápidos. Sin embargo, nunca he intentado aprenderla. Cuando estoy solo o con alguien de confianza la imito. Seguramente ninguno de mis movimientos son gráciles,  pero me divierto.

También el punk me atrajo para “bailar”. Lo pongo entre comillas. Varios me han señalado que el slam no es un baile. Sea o no sea, me agrada aventar mi cuerpo como si estuviera poseído y chocar en un espacio donde todos adoptan movimientos brownianos.

Aunque me divierta con movimientos convulsos y caóticos, quisiera algún día aprender a bailar bien. No como un profesional, pero al menos para poder hacerlo en compañía. Quizá algún día me encuentre con una palabra que sí sirva para bailar, o quizá descubra la clave para descifrar aquel lenguaje corporal que me resulta tan críptico hoy en día.

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