Archivo mensual: mayo 2017

Me he convertido en un mejor niño

A los cuatro años tomaba el requinto de mi tío Arturo y lo garraspateaba sin método alguno, mientras inventaba canciones de lo que me pasara por la cabeza.

Los adultos me decían que así no se tocaba el instrumento, pero a mí eso no me importaba.

A los cuatro años tomaba el viejo tablero de ajedrez de la casa de mis abuelos y lo ponía al revés. Cada mitad del tablero se convertía un barco, cada pieza en un tripulante y el piso se convertía en un mar. Me habían dicho que el ajedrez era un juego de guerra, así que los dos barcos se encontraban para iniciar una batalla naval.

Los adultos me decían que así no se jugaba al ajedrez, pero a mí eso no me importaba.

A los cuatro años tomaba la máquina de escribir de mi abuela y en una hoja en blanco golpeaba las teclas para crear frases sin ningún sentido.

adlfaklfla{laf fa  fdkajñ  dfklña  jdka jfkd sdk jfakj aiwioeñam   fdm swi vma naown afnm fmf mamf  o,m ,fawo . masfd,ma,wa a kr,. FAML M AAF

Con escuchar el golpe de mis dedos en el teclado y el golpe de los moldes, disfrutaba el momento. Luego fingía leer lo que había en el papel.

Los adultos me decían que así no se escribía, pero a mí eso no me importaba.

A los cuatro años bailaba sin ritmo cualquier canción. Me retorcía con la música y me arrastraba por el suelo, como enloquecido por las notas.

Los adultos me decían que así no se bailaba, pero a mí eso no me importaba.

II

Siento que en los últimos meses no he hecho mucho con mi vida.

De lunes a viernes voy al trabajo, donde me siento enfrente de una computadora y golpeo las teclas para escribir algo que tenga un poco de sentido. Redacto sobre un fósil, o sobre un alga, o sobre una planta de temporada.

Cuando me aburro, juego ajedrez en línea. Gano unas partidas, pierdo otras partidas y vuelvo a lo mío.

Si no llego cansado a casa, tomo la guitarra y canto alguna de las canciones que estoy practicando. Como no me sé muchas, a veces me invento cualquier letra, de lo que se me venga a la mente.

Algunos sábados, por la noche, voy a clases de baile.

Siento que en los últimos meses hago lo mismo que hacía de niño, pero ya me importa tocar bien el instrumento, jugar ajedrez como se debe, seguir el ritmo de la música y escribir correctamente. Me equivoco seguido, pero qué importa.

III

No tengo claro qué quiero y no sé dónde estaré parado en los próximos años.  Aún no soy la persona que quisiera ser, pero siento que en los últimos meses me he convertido en un mejor niño.

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Gritos mal concatenados

En los últimos años me he dedicado a buscar una casa, luego un trabajo, luego una casa, luego un trabajo, luego una casa, luego un trabajo…

No tengo ninguna propiedad. Ni siquiera un sueño me pertenece. No me heredarán nada y no tengo nada que heredar.

A cada casa que llego me pregunto cuánto tiempo viviré ahí.

En cada trabajo nuevo me pregunto cuánto tiempo estaré ahí.

No me van a heredar nada. Ni un oficio, ni una tradición. Para salvarme, nada más cuento con lo poco que sé hacer: concatenar palabras, lecturas, ideas. Concatenaciones que apenas logran sobrevivir unos cuántos días y pronto son encerradas en una caja hecha de olvidos.

Yo no voy a heredar nada. Ni un oficio, ni una tradición. A mis sucesores nada más les dejaré las palabras, las lecturas y las ideas que logré concatenar sin mucho talento. Concatenaciones que quedarán guardadas en una caja hecha de olvidos y que envejecerán hasta volverse ininteligibles.

A quienes llegarán como yo, sin nada, que vivirán sin heredar nada y morirán sin nada que heredar, sólo podré dejarles una grieta, para desquebrajar este mundo donde nada nos pertenece.

Pero, ¿es posible crear grietas solo con gritos mal concatenados?

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